Modigliani pinta realidades en la Pinacoteca de París

Por Rocío Pastor Eugenio.

Modigliani nació en Livorno en 1884 y murió, mísero, engañado y pobre en Montparnasse, en París en 1920.

Hoy, sus cuadros se cotizan al alza y sus pinturas retratan las almas de quienes se atrevieron a posar ante él.

Así pues, la Pinacothèque de París presenta hasta el 9 de septiembre La collection Jonas Netter: Modigliani Soutine et laventure de Montparnasse.

Pinacotheque: Modigliani

Pinacotheque: Modigliani

Los coetáneos de Modigliani se dan cita entre las paredes de la céntrica pinacoteca de París. El coleccionista de  arte, Jonas Netter, supo aprovechar los años ’20 para hacer fortuna y labrarse un nombre gracias a los artistas de la simplicidad y el dejarse llevar que poblaban las calles del barrio de Montparnasse.

Las diferentes visiones de una misma realidad, sentimientos al óleo, paisajes con sentimientos, alargados unos, deformados otros, vividos, transitados… realidades  abstractas de cotidiana sencillez, color, ardor, ciudad, persona  y campo.

Entre ellos:

Utrillo con sus paisajes de grises cielos y almas en una época desolada que cuentan historias espejo de la realidad de los primeros 20 años del siglo pasado.

La bohème a cada brochazo a manos de Suzanne Valadon. Colorista, personal y llena de luz, retrata la esperanza.

Zawadowski representa una mirada naïf para retratar la vida diaria con ingenuidad. Un claro ejemplo son sus cuadrod La jeune cuisinière (1910) o Saint Tropez (1918).

El sensual Derain con su punto entre la realidad y la ensoñación, la desgraciada Jeanne Hébuterne, gráfica y atormentada; el cubismo de Paresce o las amplias pinceladas de Kikoïne. El azul de Vlaminck, el romanticismo de Gabriel Fournier, el surrealismo de Chanterou o la mirada de Celso Lagar-Arroyo.

Con ellos, el gran Kisling cuyo fuerte eran los desnudos de mujeres yacentes en cuyos cuerpos nacía la luz.

Y coronando la exposición, la obra de Modigliani cuya soledad en las almas no era más que el secreto que plasmaba en la vida diaria de sus retratados. Miradas veladas de almas desconocidas que atraviesan al espectador y lo atrapan.

Retratos agudos fácilmente reconocibles por sus rasgos comunes: la tonalidad de la piel, el largo de los cuellos, el fondo difuminado para dar presencia y relevancia a quien ante él se sienta, mano sobre mano, esperando a ver la esencia que en él o en ella habita a través de las pinceladas de éste italiano soñador.

Caracteres, sentimientos, rostros redondeados, labios marcados y miradas que sólo en algunos casos traspasan el velo y dejan ver los ojos de la persona retratada. Es el caso de Fillete en bleu (1918) o Portrait de la Jeune Fille Rousse (Jeanne Hébuterne, 1918).

Un estilo propio que desafió las convenciones de su época y que sigue haciéndolo contra el tiempo. Sus obras, sinceras y naturales, han conseguido marcar un terreno en el mundo del arte, merecido y cargado de misterio y honestidad.

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